El día que te conocí eras un cadáver viviente. Tan alta como eras, y tan delgada como estabas, con todas tus facciones aumentadas brutalmente por la enfermedad… y sin embargo, incluso en aquellos momentos se adivinaba una belleza tan reluciente como desconocida. Reluciente porque había algo maravilloso dentro de ti; desconocida porque apenas había podido salir fuera del manto de dolor que te cubrió toda la vida. Incluso desde antes de nacer, como pudimos comprobar.

Te conocí con 13 centímetros de colon extirpados; sin vesícula; con solo el 30 % del hígado. Tenías nódulos en el pulmón, un abdomen destrozado y dolores horribles en la garganta. Toda tu piel estaba llena de heridas y habías decidido dejar la quimio, porque ya ni siquiera soportabas el dolor que te producía el roce de la ropa.

De todas formas, daba igual, porque los oncólogos ya habían dictado sentencia: el 90% de las personas en tu situación no viven 5 años, me contaste que te dijeron. Y eso, si un órgano vital no falla antes. Ante tal tesitura, preferiste morir con un mínimo de dignidad, siendo Cristina, y no un amasijo de piel deteriorada y lágrimas secas.

Y entonces, de alguna manera, aparecí yo. Cuando me hablaron de ti no me esperaba, francamente, una situación tan complicada. Después de hablar contigo el primer día, decidí que yo haría todo lo que estuviera en mi mano. Y así nos pusimos manos a la obra. Nos vimos unas cuantas veces y cada día que nos veíamos mejorabas. Antes de irme de tu casa te mandaba ir a verte al espejo, para que fueras consciente de cómo brillaban tus ojos y como tu cara lucía espectacularmente guapa, detrás de tanta marca, tras cada sesión que hacíamos.

Fue bonito, porque descubrimos muchísimas cosas de ti. Por fin, pudiste comprender a tu madre. Averiguaste quien era, como te pareces a ella… Descubriste que tenías un hermano, aunque no se enterase de nada. Pusiste sentido a tus dibujos decimonónicos, a tus postales de Navidad. Aquello que dibujabas solo era el reflejo de lo que te pertenecía y te fue arrebatado por el que dirán. Fue bonito, si, pero fue duro también.

Cuántas lágrimas, cuánto dolor sacamos fuera. Hasta yo lloraba, algunas veces. Supimos por qué tu madre se vio obligada a dejarte atrás… Entendimos por fin por qué todas tus parejas parecían clonadas: eran el vivo reflejo del padre que no quiso que existieras. Aquel padre que no te dio permiso para ponerte a la altura del resto de sus hijos. Aquel padre que… Y a pesar de todo, ni siquiera una vez le juzgaste. Fuiste gigante. Ya quisieran muchos que ahora presumen de espirituales estar a tu altura.

Y así, lágrima a lágrima, reviviendo decepción tras decepción, dolor tras dolor, por fin con una vía de salida a todo aquello que llevaba tantos años saliendo de mil maneras furtivas, condicionando tu vida, mejoraste tanto… Estabas tan bien, que empezaste a recuperar viejos proyectos y a buscar nuevos horizontes.

Y así fuimos a buscar algo mas allá, algo que nos diese un plus, que acelerase lo que estábamos haciendo. Aquel viaje era para ti, pero viéndolo ahora, yo fui el único beneficiado. Ahora creo que aquel viaje fue el principio de dejarte caer. Teníamos tantas esperanzas, que no se vieron cumplidas… Quién sabe qué hubiera pasado si hubiéramos seguidos los dos juntos, los dos solos, pasito a pasito, con el apoyo incondicional, aunque no comprendiera nada, de Luis. Si en aquel viaje hubiéramos visto un poco de Amor, tan solo un poco… pero nadie da lo que no tiene dentro. Menos Amor, hubo de todo. Muchas cosas buenas, si, pero tú solo necesitabas una. Justo la que no te dieron.

Te quiero. ¿Por qué nos cuesta tanto decir esas dos palabras?

Después de aquel viaje seguí viéndote, mas espaciadamente. Y aunque mas despacio, seguiste mejorando. Tanto que renovaste tu casa entera, reflejo de lo que se estaba arreglando dentro de ti. Mejoraste tanto, que te soltaste. Y yo te dejé soltarte. Podría haberte sujetado mas, seguramente, pero no lo hice. Te quisiste soltar, y te soltaste. Todo parecía ir recomponiéndose. Volvías a disfrutar del aire libre, de tus amigas. De tus chicos. De la sidra. Volvías a disfrutar de la vida. En aquel momento, yo no supe hacerte llegar que no podías soltarte todavía. En lugar de eso, te dejé…

Y los médicos te vieron tan bien, que decidieron que la quimioterapia te vendría bien de nuevo. Solo había un par de malditos nódulos en cada pulmón, y todo lo demás iba muy bien, pero en lugar de darte por vencida, decidieron “recuperarte” de nuevo. Y te metieron miedo. Y aceptaste. Y yo no se si no supe, no pude o no quise convencerte.

Nunca mas te volví a ver. Desde que aquel día nos vimos y me dijiste que ibas a volver a la quimio, no volví a verte mas. Fue un mal día para los dos. O igual no. A saber.

Después te pregunté varias veces como estabas, por mensajes, y siempre estabas bien. Yo sabía que era mentira, pero no podía hacer nada. Habíamos acordado eso. Si solo me lo hubieras pedido una vez, solo una… pero no lo hiciste, así que yo solo podía respetar mi parte del trato. En noviembre me dijiste que estabas muy agradecida porque había querido ayudarte mucho y por lo que habías aprendido conmigo…

Y eso fue lo último.

Hoy me han dicho que te fuiste ayer. No se en qué estado. No se nada. No quiero saber nada, tampoco. Solo me siento inmensamente triste, y eso es lo único que quiero: sentirme así por ti.

No me siento culpable. No me siento impotente. No me siento enfadado. No me siento inútil.

Solo me siento tremendamente triste.

No sirve de nada pensar ahora en lo que pudimos haber hecho, en lo que pudo haber sido si yo no te hubiera soltado… si solo hubiera insistido un poquito… Es absurdo pensar que no es justo, que no está bien.

Es todo perfecto así como es. Fue lo que decidimos juntos. Tú fuiste todo lo libre que podías ser, y así lo decidiste. Probablemente en tus últimos dos años viviste mas Amor y Comprensión que el que habías vivido los 38 anteriores, y eso es suficiente.

Desde mi punto de vista, todo es como tiene que ser. Por eso es tan triste para mi.

Te estoy agradecido por haberme querido ayudar mucho y por lo que he aprendido contigo, Cris.

Gracias. Te quiero. Buen viaje. Adios, Cris. Hasta siempre, amiga mía.

La mariposa de luz, símbolo de la psique, está dedicada a ti y a aquel niño, hijo de Bertha, que nos la mostró antes de nacer.