La muerte vudú

Walter Bradford Cannon (1871-1945) fue un prestigioso científico estadounidense al que hoy se considera el padre de la fisiología moderna, la ciencia que se encarga de estudiar los órganos de los seres vivos, y su funcionamiento. En 1942, Cannon publicó un artículo titulado La Muerte Vudú en el que explicaba cómo había comprobado que un hombre podía morir sin causa fisiológica aparente. La muerte, explica, puede producirse porque el chamán de una tribu emplea para ello hechizos, brujería o magia negra, o incluso mas aun, simplemente por el augurio o la intimidación que pueden producir algunas personas en otras, como pueden ser los chamanes, curanderos o jefes de la tribu.

El título original del artículo era Voodoo’ death y dado que no lo encontré traducido al español, decidí traducirlo yo y ofrecerlo en esta página. Mi valoración personal está al final del artículo.

Walter B. Cannon, autor de La muerte Vudú

Artículo. La muerte vudú. Walter B. Cannon, en American Anthropologist, vol.44, nº 2, April-June 1942, pp. 169-181

En los documentos de antropólogos y otros que han vivido con pueblos primitivos en muy diferentes partes del mundo, encontramos el testimonio de que el uso de hechizos de brujería o de “magia negra” puede llevar a los hombres a la muerte. Entre los nativos de Sudamérica y África, Australia, Nueva Zelanda y las islas del Pacífico, así como entre los negros de las proximidades de Haití, la muerte “vudú” ha sido atestiguada por observadores aparentemente competentes. El fenómeno es tan extraordinario y tan lejano a la experiencia de la gente civilizada que parece increíble; ciertamente si es auténtico merece una cuidadosa consideración. Mi propuesta aquí es exponer casos de este modo de muerte, para investigar qué informes del fenómeno pueden considerarse fidedignos, y estudiar una posible explicación del mismo si se demuestra que es real.

Primero, respecto a Sudamérica. Aparentemente Soares de Souza (1587) fue el primero en observar casos de muerte entre los Indios Tupinambás, muerte inducida por terror cuando los hombres eran condenados y sentenciados por el llamado “curandero”. Igualmente Varnhagen (1875) observa que generalmente entre las tribus indias brasileñas, los miembros, por falta de conocimiento, aceptan sin cuestionar lo que se les diga. Así, el jefe o el curandero adquieren la reputación de ejercer poderes sobrenaturales. Y mediante la intimidación o por terribles augurios o predicciones pueden llegar a causar la muerte por miedo.

Hay un testimonio similar desde África. Leonard (1906) escribió un relato del Bajo Niger y sus tribus en el que declaraba:

He visto a más de un curtido viejo soldado Haussa ir acercándose poco a poco hacia la muerte, de manera gradual e imparable, por haber creído que estaba embrujado; ningún alimento ni medicina que le se diera tenía el menor efecto para hacer frente a esa falsa creencia o mejorar su condición en ningún sentido, y nada era capaz de desviarle del destino que él consideraba inevitable. De igual modo, y bajo similares circunstancias, he visto hombres Kru y otros morir a pesar de los esfuerzos hechos para salvarles, simplemente porque ellos estaban convencidos, no (como pensábamos en ese momento) de que iban a morir, sino de que por estar en las garras de demonios malignos estaban obligados a morir.

Otro caso de muerte producida por miedo supersticioso en una tribu africana lo cuenta Merolla en su viaje al Congo de 1682 (citado por Pinkerton, 1814). Un joven negro que estaba de viaje se alojó en casa de un amigo para pasar una noche. El amigo había preparado para desayunar una gallina silvestre, una comida estrictamente prohibida según la regla que debían obedecer inviolablemente los no adultos. El joven muchacho preguntó si realmente era una gallina salvaje, y cuando el anfitrión respondió “No”, comió con ganas y siguió su camino. Años después, cuando se encontraron de nuevo, el viejo amigo le preguntó al joven si se comería una gallina salvaje. Él contestó que un mago le había prohibido solemnemente comer esa comida. Entonces el anfitrión comenzó a reír y le preguntó por qué la rechazaba ahora después de haberla ya comido en su mesa. Cuando oyó esto, el negro inmediatamente empezó a temblar, de tan poseído como estaba por el miedo, y en menos de veinticuatro horas había muerto.

También en Nueva Zelanda hay relatos de muerte inducida por poderes fantasmales. En New Zeland and Its Aborigins (1845), de Brown, hay un relato de una mujer Maori a quien se le dijo, después de haber comido fruta, que había sido cogida de un lugar tabú; ella exclamó que la santidad del jefe había sido profanada y que su espíritu la mataría. Este incidente ocurrió por la tarde; al día siguiente hacia las 12.00 estaba muerta. De acuerdo con Tregear (1890) el tapu (tabú) es una horrible arma entre los maoríes de Nueva Zelanda. “He visto morir a un hombre joven -declara- el mismo día que era señalado por un tabú [tapued]; bajó él, las víctimas mueren igual que si su fuerza se escurriera como el agua”. Parece que entre estos aborígenes, las supersticiones asociadas con sus jefes sagrados son una barrera verdadera aunque puramente imaginaria; la transgresión de esa barrera lleva consigo la muerte de su transgresor en el momento en el que se hace consciente de lo que ha hecho. Es el poder fatal de la imaginación trabajando a través de un incalmable terror.

El Dr. S.M.Lambert del Western Pacific Health Service de la Fundación Rockefeller me escribió que en varias ocasiones había visto evidencia de muerte por miedo. En un caso hubo una sorprendente recuperación. En la Misión de Mona Mona, en North Queensland, se convirtieron muchos nativos, pero en las afueras de la Misión había un grupo de no-conversos que incluía a Nebo, un famoso brujo curandero. El voluntario que estaba a cargo de la Misión era Rob, un nativo que se había convertido. Cuando el Dr. Lambert llegó a la Misión supo que Rob estaba inquieto y que el misionero quería que lo examinara. El Dr. Lambert hizo el examen, y no encontró fiebre, ni queja ni dolor, ni síntomas o signos de enfermedad. Estaba impresionado, sin embargo, por los obvios indicios de que Rob estaba seriamente enfermo y extremadamente débil. Supo por el misionero que Nebo había apuntado a Rob con un hueso y éste estaba convencido de que en consecuencia debía morir. Así pues el Dr. Lambert y los misioneros fueron a por Nebo, lo amenazaron duramente diciéndole que le quitarían su ración de comida si le pasaba algo a Rob y que él y su gente serían expulsados de la Misión. Al momento Nebo accedió a ir con ellos a ver a Rob. Se inclinó sobre la cama de Rob y le dijo al enfermo que todo había sido un error, una simple broma- de hecho que ni siquiera le había apuntado con un hueso. La recuperación, testifica el Dr. Lambert, fue casi instantánea; esa mismo tarde Rob estaba de vuelta en el trabajo, bastante contento de nuevo y en plena posesión de su fuerza física.

Una cuestión que naturalmente aflora es si los que han testificado la realidad de la muerte vudú han ejercitado un buen juicio crítico. Aunque el hechicero o curandero o jefe puede aparentemente poseer o asumir la habilidad de matar apuntando con un hueso o por otro tipo de magia negra, ¿no puede ser que preserve su reputación de tener poderes sobrenaturales usando veneno? Especialmente cuando se ha constatado que la muerte ha ocurrido después de tomar comida ¿no podría el fatal desenlace ser debido a la acción de sustancias venenosas solamente conocidas por sacerdotes y magos? Obviamente, el posible uso de venenos debería ser excluido antes de que la “muerte vudú” pueda ser aceptada como consecuencia real de brujería o encantamiento. También es esencial descartar afirmaciones atrevidas de poderes sobrenaturales cuando de hecho las muertes se deriven de causas naturales; Esta precaución es especialmente importante por la creencia común entre los aborígenes de que la enfermedad es causada por la malevolencia. Me he esforzado en descartar con certeza el envenenamiento o cualquier causa espuria que pueda ciertamente ser excluida de los casos de muerte atribuidos a poderes mágicos, consultando a observadores que han tenido una formación médica.

El Dr. Lambert, ya mencionado como un representante de la Fundación Rockefeller, me escribió a propósito de la experiencia del Dr. P.S. Clarke con los Kanakas que trabajan en las plantaciones de azúcar de North Queensland. Un día un kanaka fue a su hospital y le contó que moriría en pocos días porque le habían echado un conjuro y no se podía hacer nada para contrarrestarlo. El hombre era un conocido del Dr. Clarke desde hacía tiempo. Le hizo una exploración muy minuciosa, incluyendo un examen de heces y orina. Todos los resultados fueron normales, pero mientras yacía en la cama se iba debilitando gradualmente. El Dr. Clarke llamó al capataz de los kanakas para que fuera al hospital a dar confianza al hombre, pero al llegar al pie de la cama, el capataz se inclinó, miró al paciente y se volvió hacia el Dr. Clarke diciendo: “Sí, doctor, cerca de él, el muere” (es decir, está a punto de morir) Al día siguiente, a las 11de la mañana, dejaba de vivir. Un examen postmortem no reveló nada que de algún modo pudiera justificar el fatal desenlace.

Otro observador con experiencia médica, Dr. W.E. Roth (1897) que sirvió durante tres años como cirujano del gobierno entre los pueblos primitivos del centro-norte de Queensland, también ha dado su pertinente testimonio. “La creencia de que algún enemigo le ha apuntado con el hueso está a veces tan profundamente arraigada en el paciente”, escribió Roth, “que de hecho se tumbará para morir y lo conseguirá, incluso a costa de rechazar comida y socorro a su alcance: Yo mismo he sido testigo de tres o cuatro de estos casos”.

El Dr. J.B. Cleland, Profesor de Patología en la Universidad de Adelaida, me escribió contándome que no había ninguna duda de que de cuando en cuando nativos de las llanuras australianas mueren como resultado de haber sido señalados por un hueso, y de que esta muerte no podía relacionarse con ninguna de las lesiones ordinarias de muerte. En un artículo que incluía una sección sobre la muerte por causa de influencias psíquicas malignas, el Dr. Cleland (1928) menciona a un agradable y robusto miembro de una tribu en Australia central que fue herido en la parte carnosa del muslo por una lanza que había sido encantada. El hombre lentamente se consumió y murió, sin que se pudiera detectar ninguna complicación quirúrgica. El Dr. Cleland cita a varios médicos que han hecho referencia a los efectos fatales del señalamiento con un hueso y otros actos aterrorizantes. En la carta que me dirigió, escribió, “El envenenamiento está, pienso, totalmente descartado en estos casos entre nuestros nativos australianos. Hay muy pocas plantas venenosas disponibles y dudo de  que alguna vez pueda haber cabido en las mentes de los nativos de Australia central que pudieran ser usadas en seres humanos”. 

El Dr. Hebert Basedow (1925), en su libro, The Australian Aboriginal, presenta un cuadro vívido del primer efecto de terror que tiene el apuntar con un hueso sobre los ignorantes, supersticiosos y crédulos nativos, y de la calmada aceptación posterior de su destino mortal:

La imagen del hombre que descubre que ha sido apuntado con un hueso por un enemigo, es ciertamente lamentable. Está horrorizado, con los ojos mirando fijamente al traicionero señalador, y con sus manos levantadas como para evitar el letal médium que él imagina que se está vertiendo en su cuerpo. Sus mejillas palidecen, sus ojos se vuelven vidriosos y la expresión de su cara se distorsiona terriblemente…Intenta gritar pero a menudo el sonido se ahoga en su garganta y todo lo que uno puede ver es espuma en su boca. Su cuerpo comienza a temblar y sus músculos se torsionan involuntariamente . Retrocede y cae al suelo y en un primer momento parece estar desmayado; pero pronto se retuerce como si estuviera en agonía mortal y cubriendo su cara con sus manos, empieza a gemir. Después de un tiempo se recompone y se arrastra a su tienda. A partir de ese momento empieza a enfermar y a angustiarse, rehusando comer y manteniéndose alejado de los asuntos diarios de la tribu. A menos que la ayuda llegue, en forma de contraencantamiento administrado por las manos del Nangarri o curandero, su muerte es cuestión de relativamente poco tiempo. Si la llegada del curandero es oportuna puede salvarse.

El Nangarri, cuando se le convence para que ejerza sus poderes, realiza una elaborada ceremonia y finalmente avanza hacia los atemorizados parientes, llevando entre sus dedos un pequeño objeto —un palo, un hueso, un guijarro o una garra— que, según dice, ha obtenido del hombre “enhuesado” y era la causa de su aflicción. Ahora, como lo ha extraído, la víctima ya no tiene nada que temer. El efecto, declara el Dr. Basedow, es asombroso. La víctima, que hasta ese momento había avanzado mucho en el camino hacia la muerte, levanta la cabeza y mira maravillado al objeto que sostiene el curandero. Incluso se incorpora a una posición sentada y pide agua para beber. La crisis ha pasado, y la recuperación es rápida y completa. Sin la intervención del Nangarri el hombre “enhuesado” , según el Dr. Basedow, se habría aterrorizado hasta morir. Se ha dicho que la arraigada creencia que un nativo posee sobre los poderes mágicos del curandero de su tribu produce curaciones que exceden cualquier testimonio documentado sobre las curaciones por fe de comunidades de mayor cultura. 

Quizá el testimonio más completo de la influencia del tabú tribal en el destino de una persona sometida a su terrible potencia provenga de W.L.Warner, que trabajó entre los aborígenes primitivos en el territorio norte de Australia. Con el fin de proporcionar un contexto para este testimonio cito de Principles of Psychology, de William James (1905):

El yo social de un hombre es el reconocimiento que recibe de sus compañeros. No solo somos animales gregarios, deseosos de ser vistos por nuestros compañeros, sino que tenemos una propensión innata a hacernos notar, y hacernos notar favorablemente, por nuestros semejantes. No podría imaginarse un castigo más diabólico, si esto pudiera ser físicamente posible, que el de que alguien pudiera ser dejado suelto en una sociedad y pasara totalmente desapercibido por todos los demás. Si nadie se diera la vuelta cuando entramos, ni contestara cuando hablamos, ni le importara lo que hiciéramos, si todo el mundo nos ignorara totalmente y actuara como si no existiéramos, surgiría en nosotros tal rabia e impotente desesperación que ante ella hasta las más crueles torturas corporales serían un alivio; porque estas nos harían sentir que, por muy terrible que fuera nuestra situación, no nos habríamos hundido en tal profundidad como para no merecer ningún tipo de atención.

Volvamos ahora a las observaciones de Warner sobre los aborígenes del norte de Australia, criaturas demasiado ignorantes, me aseguró, como para saber sobre venenos. En el proceso por el cual la magia negra se hace efectiva en las víctimas de brujería se producen, declaró, dos movimiento definidos del grupo social. En el primer movimiento la comunidad se contrae: todas las personas que tienen una relación de parentesco con él le retiran el apoyo sostenido hasta entonces. Esto significa que todas las personas a las que conoce —todos aquellos con los que comparte su vida— cambian completamente su actitud hacia él y le recolocan en una nueva categoría. Se le ve ahora como alguien que está más cerca del reino de lo sagrado y el tabú que del mundo de lo ordinario en el que la comunidad se encuentra. La organización de su vida social se ha colapsado y, no siendo ya miembro del grupo, está solo y aislado. El hombre condenado está en una situación de la que solo puede escapar con la muerte. Durante la enfermedad mortal que sigue, el grupo actúa con todas las posibilidades y complejidades de su organización y con incontables estímulos para sugerir positivamente la muerte a la víctima, que está en un estado altamente sugestionable. Además de recibir la presión social que se ejerce sobre él, la propia víctima, habitualmente, no solo no hace ningún esfuerzo por vivir y ser parte del grupo sino que, de hecho, a través de las múltiples sugestiones que recibe, coopera en su alejamiento de él. Llega a ser lo que la actitud de sus compañeros de tribu le pide que sea. Así, él mismo colabora en cometer una especie de suicidio.

Antes de que se produzca la muerte, se produce el segundo movimiento de la comunidad, que consiste en volver hacia la víctima para someterlo al fatídico ritual de duelo. Ahora, el objetivo de la comunidad, como unidad social con su líder de ceremonias, que es un pariente muy cercano de la víctima es, en última instancia, separarlo por completo del mundo ordinario y colocarlo definitivamente en su situación correcta en el temible mundo totémico de los muertos. La víctima, por su parte, comparte este sentimiento.

El efecto del doble movimiento en la sociedad, primero alejarse de la víctima y después volver, con toda la compulsiva fuerza de sus más poderosos rituales, es obviamente drástico. Warner (1941) escribe:

Es difícil imaginar una situación análoga en nuestra sociedad. Si los parientes cercanos de un hombre, su padre, madre, hermanos y hermanas, mujer, niños, socios de negocios, amigos y todos los otros miembros de la sociedad repentinamente se alejaran de él por alguna circunstancia dramática, rechazando cualquier actitud distinta al tabú y le miraran como a alguien ya muerto, y entonces, después de algún tiempo, realizan sobre él una ceremonia sagrada que se creyera con seguridad que le llevaría fuera de la tierra de los vivos hacia la de los muertos, el enorme poder sugestivo de este doble movimiento de la comunidad, después de que hubieran cristalizado estas actitudes, podría ser algo de algún modo comprensible para nosotros.

El entorno social como soporte moral es probablemente mucho más importante e impresionante para la gente primitiva, por su profunda ignorancia y la inseguridad de un mundo embrujado, que entre la gente educada que vive en comunidades civilizadas y bien protegidas. El Dr. S. D. Porteus, médico y psicólogo, ha estudiado ampliamente la vida salvaje en las Islas Pacíficas y en África. Escribe:

La música y la danza son las principales defensas del hombre primitivo frente a la soledad. Mediante ellas se recuerda a sí mismo que en su desierto hay otras mentes siguiendo a la suya…en la danza se ve a sí mismo multiplicado en sus compañeros, su acción reflejada en la de ellos. En su vida hay apenas otras ocasiones en las que pueda tomar parte en acciones concertadas y encontrar compañeros… El nativo aborigen es sobre todo miedoso. Los demonios merodean buscando a los incautos; su imagen malevolente acecha sus momentos de vigilia, cree que los curanderos saben cómo hacerse invisibles para arrancarle la grasa del riñón; después lo coserán y frotarán su lengua con una piedra mágica para inducirlo al olvido, y a partir de entonces será un cadáver viviente, rumbo hacia la muerte…Tan desesperado es este miedo que si un hombre imagina que ha sufrido la magia de que un enemigo le haya señalado con un hueso inmediatamente se tumbará y morirá.

Testimonios similares a los precedentes, de Brasil, África, Nueva Zelanda y Australia, se encuentra en los documentos procedentes de las Islas Hawái, Guayana Británica y Haití. ¿Qué actitud es la correcta en presencia de esta acumulación de evidencia? En una carta del profesor Lévi-Bruhl, el etnólogo desde hace tiempo interesado en las tribus aborígenes y sus costumbres, remarcó que las respuestas que ha recibido de sus investigaciones se pueden resumir como siguen. Los etnólogos, basando su juicio en un gran número de casos, bastante independientes entre sí y reunidos desde grupos de todas partes del mundo, admiten que hay demostraciones indicando que la creencia de que si uno ha sido sometido a brujería, y en consecuencia está inevitablemente condenado a muerte, verdaderamente da como resultado la muerte en un determinado tiempo. Por el contrario, los fisiologistas y los médicos, —hombres que no tienen conocimiento de las condiciones etnológicas— se inclinan más bien a considerar que el fenómeno es imposible y dudan de que los testimonios sean claros y definidos.

Antes de negar que la muerte “vudú” pertenece al reino de lo posible, consideremos las características generales de los casos específicos mencionados en los párrafos anteriores. En primer lugar está el hecho elemental de que el fenómeno aparece característicamente entre aborígenes, entre seres humanos tan primitivos, tan supersticiosos, tan ignorantes, que son como extraños asombrados en un mundo hostil. En lugar de conocimiento tienen una fértil e ilimitada imaginación que llena su ambiente con todo tipo de espíritus malignos capaces de afectar sus vidas de manera desastrosa. Como señaló el doctor Porteus, solo involucrándose en actividades comunitarias son capaces de desarrollar el suficiente “espíritu de cuerpo” como para volverse resistentes a las misteriosas y maliciosas influencias que pueden dañar sus vidas. Junto con esas circunstancias está la seguridad inquebrantable de que ciertas circunstancias, como haber sido señalado por un hueso o no haber observado las regulaciones tribales sagradas, llevan necesariamente a la muerte. Todos los miembros de la tribu mantienen esta creencia de manera tan firme que el individuo no solamente tiene él mismo esta convicción sino que está obsesionado porque sabe que todos sus compañeros también la tienen. Así pues se convierte en un paria, totalmente privado de la confianza y el apoyo social de la tribu. En su aislamiento, los maliciosos espíritus que cree que le están rodeando y que son capaces de maltratarlo terriblemente, ejercen supremamente su maligno poder. En medio de esta misteriosa tiniebla de fatalidad siniestra y ominosa, lo que se ha llamado “el extremo más grave conocido del miedo”, el de una amenaza inmediata de muerte, llena a la aterrorizada víctima de miseria impotente.

En su terror, rechaza tanto la comida como la bebida, un hecho que muchos observadores han anotado y que, como veremos más tarde, es altamente significativo para una posible comprensión del lento comienzo de la debilidad. La víctima “se consume”, su fuerza se escurre como el agua, parafraseando palabras gráficas ya citadas; y en el curso de un día o dos, sucumbe.

La cuestión que ahora se plantea es si un estado de temor ominoso y persistente puede poner fin a la vida de un hombre. El miedo, como es bien conocido, es una de las emociones más profundamente arraigadas y dominantes. Con frecuencia, solamente se puede erradicar con mucha dificultad. Se asocian con él profundas alteraciones fisiológicas, que se extienden por todo el organismo. Hay evidencia de que algunas de esas alteraciones, si duran mucho, pueden acabar haciendo mucho daño. Para elucidar esta evidencia debo indicar en primer lugar que un gran miedo y una gran rabia tienen efectos similares en el cuerpo. Cada una de estas poderosas emociones se asocia con arraigados instintos como el instinto de atacar, en el caso de la rabia; el instinto de huir o escapar, en el caso del miedo. A lo largo de la larga historia de los seres humanos y los animales inferiores, estas dos emociones y sus instintos relacionados han servido eficazmente en la lucha por la existencia. Cuando se despiertan, ponen en acción una división elemental del sistema nervioso, la llamada división simpática o simpático-adrenal, que ejerce un control sobre los órganos internos, y también sobre los vasos sanguíneos. Como regla general, la división simpática actúa para mantener un estado relativamente constante en el flujo de la sangre y la linfa, esto es, en el “equilibrio interno” de nuestros órganos vitales. Actúa así produciendo un extenuante esfuerzo muscular; por ejemplo, liberando azúcar del hígado, acelerando el corazón, contrayendo algunos vasos sanguíneos, descargando adrenalina y dilatando los bronquiolos. Todos esos cambios vuelven al animal más eficiente en la lucha física, porque aportan condiciones esenciales para la acción continua de los músculos implicados. Como funcionan en asociación con las emociones fuertes de rabia y miedo, pueden razonablemente ser interpretados como preparatorios para el intenso esfuerzo en el que están involucrados los instintos de atacar o escapar. Si estas poderosas emociones prevalecen, y las fuerzas corporales se movilizan completamente para la acción, y si este estado de extrema perturbación domina de manera incontrolada el organismo durante un periodo considerable sin que llegue la acción, pueden producirse graves resultados (cf. Cannon, 1929).

Cuando, bajo una breve anestesia de éter, se destruye rápidamente el córtex cerebral de un gato, de tal manera que el animal no puede beneficiarse de los órganos de la inteligencia, hay un llamativo despliegue de las actividades de los centros de comportamiento más bajos y primarios, los de la expresión emocional. Esta condición de decorticación es similar a la que se produce en el hombre cuando se abole la conciencia por el uso de óxido nitroso; en ese caso queda decorticado por medios químicos. Comúnmente desencadena la expresión emocional de alegría (el óxido nitroso es normalmente conocido como “el gas de la risa”), pero puede desencadenar también la tristeza (puede también ser llamado “el gas del llanto”). Asimismo, la anestesia de éter, si es suave, puede desencadenar la expresión de rabia. En la rabia ficticia del gato decorticado hay una suprema exhibición de intensa actividad emocional. Los pelos están totalmente de punta, emana sudor de las yemas de las garras, el ritmo cardiaco puede aumentar de 150 latidos por minuto al doble, la presión arterial se eleva enormemente, y la concentración de azúcar en la sangre se eleva a cinco veces la normal. Esta excesiva actividad del sistema simpático adrenal raramente dura, sin embargo, más de tres o cuatro horas. Pasado este tiempo, sin ninguna pérdida de sangre y ningún otro elemento que pueda explicar el desenlace, el residuo decorticado del animal, en el que ha prevalecido este clímax de despliegue emocional, deja de existir-

¿Cuál es la causa del fallecimiento? Está claro que el resultado rápidamente fatal se debe a la persistencia de una actividad excesiva del sistema simpático adrenal. Uno de mis asociados, Philip Bard (1928), señaló que cuando los signos de excitación emocional no aparecían, la preparación decorticada podía continuar sobreviviendo durante largos periodos; es más, el experimentador podría tener que acabar con su existencia. Otro de mis asociados, Norman E. Freeman (1933), consiguió mayor evidencia sobre este aspecto provocando rabia ficticia en animales a los que había quitado los nervios simpáticos. En estas circunstancias, el comportamiento era similar en todos los aspectos al comportamiento descrito más arriba, excepto en las manifestaciones que dependían de la inervación simpática. El hecho notable fue que los animales privados de los nervios simpáticos que exhibían rabia ficticia, mientras era posible, continuaban existiendo durante muchas horas sin ningún signo de crisis. Estos experimentos fueron altamente relevantes para la presente investigación.

¿Qué efecto produce sobre el organismo una acción duradera e intensa del sistema simpático adrenal? En sus observaciones, Bard descubrió que un cambio prominente y significativo que se manifestaba en los animales que mostraban rabia ficticia era una caída gradual de la presión sanguínea hacia el final del experimento, desde los elevados niveles de los estadios primeros al bajo nivel que se ve en el shock del daño fatal. En su investigación, Freeman mostró la evidencia de que esta caída de presión se debía a una reducción del volumen sanguíneo. Esta condición es la razón que explica que durante la Primera Guerra Mundial se observara una baja presión sanguínea en hombres gravemente heridos. El volumen sanguíneo se reduce hasta llegar a ser insuficiente para el mantenimiento de una circulación adecuada (ver Cannon, 1923). De ahí se sigue el deterioro del corazón, y también de los centros nerviosos que mantienen a los vasos sanguíneos en contracción moderada. Se establece entonces un círculo vicioso; la baja presión sanguínea daña precisamente los órganos que son necesarios para el mantenimiento de una circulación adecuada, y como estos están dañados son cada vez menos capaces de mantener la sangre circulando en un nivel efectivo. En la rabia ficticia, como en el shock de una herida, la muerte puede explicarse como un fallo de los órganos vitales que no consiguen recibir una cantidad suficiente de sangre o, específicamente una cantidad suficiente de oxígeno, para mantener sus funciones.

La reducción gradual de volumen sanguíneo en la rabia ficticia puede explicarse por la acción del sistema simpático adrenal, que causa una persistente constricción de las pequeñas arteriolas en ciertas partes del cuerpo. Si la adrenalina, que contrae los vasos sanguíneos precisamente al tiempo que los contraen los impulsos nerviosos, se inyecta de manera continua a un ritmo que produce la vasoconstricción de los estados emocionales fuertes, el volumen de la sangre se reduce al grado que se percibe en la rabia ficticia. Freeman, Freedman y Miller (1941) realizaron este experimento. Emplearon en algunos casos no más adrenalina de la que se secreta en respuesta a la estimulación refleja de la glándula adrenal, y encontraron no solamente una marcada reducción del plasma sanguíneo sino también una concentración de los corpúsculos sanguíneos como se mostró en el aumento del porcentaje de hemoglobina. Debe recordarse, sin embargo, que además de este agente circulante vasoconstrictor, hay, en el funcionamiento normal del sistema simpático adrenal, efectos constrictores en los vasos sanguíneos debidos a los impulsos nerviosos y a la cooperación de otra sustancia química que circula junto a la adrenalina, la hormona del simpático [sympathin]. Estos tres agentes, trabajando juntos en un momento de gran estrés emocional, pueden muy bien producir los resultados que Freeman y sus colaboradores observaron cuando inyectaron solamente adrenalina. En una presión sanguínea normal, los órganos de primera importancia como el corazón y el cerebro, no están sujetos a la constricción de sus vasos y por tanto están recibiendo sangre continuamente. Pero este suministro se asegura privando de ella a otras estructuras periféricas, especialmente de las vísceras abdominales. En esas partes menos esenciales, cuando se produce una constricción de las arteriolas, los capilares no tienen suficiente oxígeno. Las delgadas paredes de los capilares son sensibles a la falta de oxígeno y cuando no reciben un suministro adecuado se vuelven más y más permeables a la parte fluida de la sangre. Entonces, el plasma se escapa hacia los espacios perivasculares. Algo similar se produce en el shock por traumatismo en los seres humanos. El flujo del plasma desde los vasos sanguíneos deja los glóbulos rojos más concentrados. Durante la Primera Guerra Mundial descubrimos que la concentración de los corpúsculos en áreas de la piel puede aumentar hasta un 50% (cf. Canon, Fraser and Hooper, 1917).

Es muy conocido que una condición con muchas posibilidades de ser dañina para el herido es una falta prolongada de comida o agua. Freeman, Morrison y Sawyer (1933) descubrieron que la pérdida de fluido del cuerpo producía un estado de deshidratación y excitaba el sistema simpático adrenal; así podía producirse de nuevo un círculo vicioso: el bajo volumen sanguíneo de la deshidratación se veía intensificado por una progresiva pérdida través de los capilares que se habían ido haciendo cada vez más permeables.

Los párrafos anteriores han revelado que un estado emocional persistente y profundo puede inducir a una caída desastrosa de la presión sanguínea que acabe en la muerte. La falta de comida y bebida colaboraría con los dañinos efectos emocionales para inducir el desenlace fatal. Estas son las condiciones que, como hemos visto, son frecuentes en las personas que mueren como consecuencia de la brujería. Subsisten sin comida o bebida porque, en su aislamiento, esperan atemorizados la muerte inminente. En esas circunstancias podrían muy bien morir de un verdadero estado de shock, en el sentido quirúrgico —un shock inducido por una prolongada y tensa emoción.

Es pertinente mencionar aquí que Wallace, un cirujano de larga experiencia en la Primera Guerra Mundial, testificó (1919) haber visto casos de shock en los que ni el trauma ni ningún otro de los factores conocidos provocadores del shock podían dar cuenta de tan desastrosa condición. A veces las heridas eran tan triviales que no podían considerarse racionalmente como la causa del estado de shock; a veces las lesiones visibles no tenían ninguna importancia. Cita dos ejemplos ilustrativos. Uno era el de un hombre que fue enterrado por la explosión de un proyectil en un sótano; el otro salió despedido por una mina enterrada sobre la cual había encendido fuego. En ambos casos las circunstancias favorecían una experiencia de terror. En ambos estaban presentes todos los síntomas clásicos del shock. En esta condición sobrevivieron más de 48 horas, y el tratamiento fue inútil. Un examen post mortem no reveló ninguna lesión verdaderamente importante. Otro caso significativo que se puede citar fue estudiado por Freeman en el Hospital General de Massachusetts. Una mujer de 43 años se sometió a una histerectomía completa debido a un sangrado uterino. Aunque se registró su inestabilidad emocional pareció superar bien la operación. Con todo, se tomaron especiales precauciones para evitar la pérdida de sangre, y además se le administró fluido intravenoso cuando acabo la operación. Esa noche estaba sudando y se negó hablar. A la mañana siguiente, su presión arterial había descendido casi hasta nivel de shock, su ritmo cardiaco era de 150 latidos por minuto, su piel estaba fría y húmeda y el flujo sanguíneo de los vasos de su mano era muy débil. No había ningún sangrado que diera razón de su mal estado, que se diagnosticó como un shock debido al miedo. Cuando uno comprende la profunda extrañeza que para un hombre sin experiencia supone un hospital y su elaborado ritual quirúrgico, y la angustiosa invasión del cuerpo con cuchillos y retractores metales, lo sorprendente es que no haya más pacientes que muestren signos de profunda ansiedad. En este caso, la actitud calmada y tranquilizadora del cirujano produjo un cambio de actitud en el paciente y la recuperación de un estado normal. El Dr. J M. T Finney, conocido cirujano estadounidense, durante muchos años profesor de cirugía de la John Hopkins Medical School, cree firmemente que la actitud del paciente es de gran importancia para el resultado favorable de una operación. Ha declarado públicamente (1934), basándose en serias experiencias, que si una persona venía a él para una operación importante y expresaba tener miedo del resultado, se negaba invariablemente a operar. ¡Otro cirujano debería asumir el riesgo!

Otra evidencia de la posibilidad de un resultado fatal debido a una profunda tensión emocional fue descrito por Mira (1939) al relatar sus experiencias como psiquiatra en la guerra española de 1936-39. En pacientes que sufrían de lo que él llamó “ansiedad maligna”, observó signos de angustia y perplejidad, acompañados de un pulso permanentemente rápido (más de 120 pulsaciones por minuto), y una respiración muy rápida (aproximadamente tres veces el ritmo normal en reposo). Estas condiciones indicaban un estado de perturbación que afectaban profundamente al complejo simpático adrenal. Como condiciones predisponentes, Mira mencionó “una labilidad previa del sistema simpático y un severo shock mental experimentado en condiciones de agotamiento físico debido a la falta de alimento, fatiga, falta de sueño, etc.” La falta de alimento parecía estar acompañada de falta de agua, ya que la orina era concentrada y extremadamente ácida. Hacia el final, la angustia todavía permanecía, pero la inactividad cambió a inquietud. No se observaron síntomas focales. En los casos fatales, la muerte llego en tres o cuatro días. El examen posmortem reveló hemorragias cerebrales en algunos casos, pero, exceptuando un aumento de la presión, el fluido cerebroespinal mostró un estado normal. La combinación de falta de comida y bebida, ansiedad, pulso y respiración muy rápidos, asociados a los persistentes efectos de la experiencia de shock, encajan con las condiciones fatales que se describen en las tribus primitivas.

La sugerencia que ofrezco, por tanto, es que la “muerte vudú” puede ser real, y que puede ser explicada como debida al estrés de un shock emocional —a un terror obvio o reprimido. Una hipótesis satisfactoria es la que permite realizar observaciones que pueden determinar si es correcta o no. Afortunadamente, se pueden utilizar pruebas relativamente simples para saber si se puede justificar la sugestión como causa de la “muerte vudú”. El pulso hacia el final sería rápido y filiforme [débil], la piel estaría fría y húmeda. Un recuento de los glóbulos rojos o incluso, más simple, una determinación por medio del hematocrito de la ratio de corpúsculos en el plasma en una pequeña muestra de sangre de los vasos de la piel podría ayudar a decir si está en shock, porque el “recuento rojo” podría ser alto y el hematocrito también podrían revelar hemoconcentración. La presión de la sangre sería baja. El azúcar en sangre habría aumentado, pero podría ser demasiado difícil de medir en el campo. Así, si en el futuro algún observador tienen la oportunidad de ver un caso de “muerte vudú”, espero que pueda llevar a cabo estas simples pruebas antes de que la víctima exhale su último aliento.

La muerte vudú hoy en día

En enero de 2018 el diario El País publicó un artículo titulado De la muerte por vudú a la extraña enfermedad de los refugiados suecos. En él se relaciona la muerte vudú con la extraña y grave sintomatología que sufren algunos niños refugiados en Suecia y que suele pasarse cuando se reúnen con sus padres. A pesar de ser un artículo sin referencias científicas tiene el mérito de poner el acento en la situación emocional de los pacientes, en un momento y una sociedad que nos parece proclive a aceptar la influencia de cualquier cosa no medible como puede ser la emoción.

Sin embargo, quienes siguen esta página ya saben, y han podido comprobar en numerosas ocasiones, como detrás de todo suceso físico invariablemente se encuentra un componente emocional, sea consciente, sea inconsciente. El caso es que hoy en día no existen apenas hechiceros o chamanes, pero la influencia de este tipo de personajes en las tribus antiguas es rotundamente similar a lo que lo que podría ser hoy en día un médico especialista en oncología, por poner un ejemplo.

De esta manera, el diagnóstico de una enfermedad que la ciencia considera “complicada” puede ser mucho mas grave que la enfermedad en si misma. Es decir, que con demasiada frecuencia un desafortunado comentario de un descuidado profesional (este cancer tiene muy mal pronóstico, por ejemplo) produce el mismo efecto que antiguamente la muerte vudú que describió el gran Cannon.